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Y con el frío, llega el miedo y la soledad. Llegan las ganas de volver a casa y saber que hay alguien esperándote. Llegan las continuas miradas al móvil esperando una llamada, un susurro loco, un minuto de cálida e inesperada añoranza. Aparecen esas ganas incontrolables de un abrazo sin razón aparente, y la sensación que con la llegada de la noche, llega también con ella la soledad. Se echa de menos ese alguien que te escucha y te calma, que nunca te deja caer. Y tras la salida de nuestros retorcidos pensamientos nos damos cuenta de los errores que cometimos, del tiempo perdido, y del camino que queda por recorrer.
Es algo que todo el mundo desea, aunque no lo diga, aunque no lo parezca: algo por lo que merezca la pena luchar. Lástima que en ocasiones haga falta una ráfaga de viento frío o la necesidad de usar bufanda para darnos cuenta...
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